Hoy no es un día más, no. Hoy es otro día más.
La diferencia se encuentra en mí, en el dolor que siento, en el dolor que aguanto.
Pero me levanto y al estirar cada parte de mi cuerpo, cada músculo, cada fibra roja o blanca...incluso llego a disfrutar de ese daño.
Mi cuerpo y mi mente son las dos únicas armas que tengo. Por eso, si mi cuerpo no quiere actuar, lo hace mi mente y segrega todo aquello que haga falta para construir lo que las personas constantes y luchadoras llaman fuerza de voluntad.
Tengo que creer que soy todo lo que en realidad está aún muy lejos para mí. Salir a la luz del sol y mirarme los pies sólo para empezar a andar.
Después, con la cabeza bien alta, llegar hasta mi destino. Sin prisa pero sin parar.
Todavía no he empezado, pero ya le he ganado otra batalla más a mi físico porque ya he llegado al lugar donde quería estar.
Después de un rato, ya no duele nada. Bebo agua cada poco tiempo para restaurar toda la que se escapa por las glándulas sudoríparas de mi piel. Y la bebo como si fuera droga o como si no fuese a poder tenerla nunca más.
Me fijo y a mi alrededor hay más gente que, a veces, también se fija en mí. Pero no importa. En el siguiente pestañeo ya les habré hecho desaparecer.
Continúo. Sigo. Ya he terminado.
Hoy rendirse tampoco ha sido una opción y mañana no será un día más. Será ¡Otro día más!
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