domingo, 17 de noviembre de 2013

Post_31: Peñíscola, la bonita.

Como prometí, os traigo después de tres meses, mis vacaciones de verano en Peñíscola. Con qué gusto echa uno la vista atrás cuando lo hace para recordar buenos momentos.

El verano estaba llegando a su fin y, a pesar de haberlo aprovechado bastante bien como ya os fui contando, mis padres estaban pensando la posibilidad de irnos todos de vacaciones una semana a cualquier lado que pudiéramos permitirnos.

Aunque al principio decíamos que era para escaparnos del mal tiempo que iba a hacer este verano, lo cierto es que tuvimos que cambiar de excusa (pues el verano fue muy bueno climatológicamente hablando) y darnos cuenta de los muchos años que llevábamos sin podernos ir todos juntos de vacaciones durante más de dos o tres días.

Nada indicaba que fuéramos a poder hacerlo, pues mis padres buscaban y buscaban en sus tablets algún "chollito" pero todo lo que encontraban o no les gustaba o era demasiado caro.

Sin embargo, a través de la web milanuncios.com y casi mientras tiraban la toalla por este año, encontraron una pequeña urbanización de cuatro adosados en la zona de Peñíscola. Llamaron a la propietaria (Ana) para informarse ya que a los cuatro nos había gustado lo que veíamos. Ana les dijo que otra pareja estaba también a punto de reservar el último adosado que le quedaba disponible y que quien antes ingresara el dinero era quien se lo quedaba. Evidentemente y porque de no ser así no os estaría contando esto, mi madre fue la más rápida.

Todo parecía genial: un adosado de dos plantas, con piscina y aparcamiento para el coche, en una zona tranquila pero cerca de todo el ambiente turístico que la ciudad ofrece.

Así pues, con las maletas listas y muchísimas ganas de pasar unas buenas vacaciones,nos pusimos en marcha un 29 de agosto y, cuando estábamos a diez minutos de llegar a nuestro destino, se estropeó el coche dejándonos en la cuneta.

Mi padre y yo intentamos arrancar el coche pero no había manera. Dábamos contacto, metíamos primera y acelerábamos y el coche parece que arrancaba pero al cabo de un par de segundos se quedaba sin fuerzas para seguir avanzando.

Decidimos llamar a la compañía de seguros y la verdad es que nos trataron muy bien. Nos mandaron un taxi con el tamaño suficiente como para meter nuestras cosas y llegar cómodos a nuestro destino mientras la grúa se llevaba el coche al taller para mirarlo. Además, también nos ponían un coche para el viaje de vuelta, con lo cual teníamos casi todo solucionado. Y así fue. La única limitación que tuvimos fue que no pudimos salir a visitar los alrededores pero rápidamente nos hicimos a otra idea para pasar la semana.

Al llegar al adosado, Ana (la propietaria) que ya estaba avisada, nos estaba esperando también con cierta inquietud por saber cómo estábamos. El recibimiento no pudo ser mejor ya que nos ayudó a meter las cosas en casa para que pudiéramos asimilar lo ocurrido y relajarnos lo antes posible.

Íbamos a pasar la semana acompañados de tres familias distintas, las cuales completaban el conjunto de cuatro adosados. La primera era unas personas, que residían allí durante el año. La segunda era una familia de Teruel formada por dos padres con sus respectivos hijos y la prima de éstos que les acompañaba. La última familia que nos acompañaba era la de Ana y su marido Paco acompañados por sus hijos José y Pablo.

Al ser ellos los propietarios, eso nos proporcionaba tranquilidad en cuanto a nuestra seguridad durante nuestra estancia. Además, dada la situación en la que nos vimos envueltos, ellos se ofrecieron a llevarnos a hacer la compra o a intentar ayudarnos en todo lo que pudieran, lo cual les agradecimos muchísimo ya que eso nos facilitaba aún más las cosas.

Una vez conocida la casa, deshicimos las maletas, y como hacía tanto calor, lo primero que yo hice fue tirarme a la piscina con el pantalón que llevaba puesto.¡Menuda gozada!.

Al principio, no me metía mucho rato en la piscina ya que la teníamos que compartir entre todos pero a medida que fui conociendo a todos los que allí estábamos, no hubo persona que me sacara del agua. De hecho, creo que fui el que más la utilizó.

Como decía el anuncio, estábamos en una zona donde el mayor ruido que había era el que hacíamos nosotros. También favorecía el hecho de que la gente estuviera terminando sus vacaciones cuando nosotros las empezábamos.

La primera tarde, fuimos los cuatro a dar un paseo por la playa, la cala y los alrededores para conocer un poquito la ciudad. Mi primera impresión fue muy buena. Tanto es así que es un lugar que me ha enamorado, pues yo lo conocí en temporada baja y de una manera más especial de lo que lo hace la gente, en general.

Durante los siete días estuve acompañado por la cámara, día y noche. Estuviera con mis padres o no, llevaba la cámara a todos lados.

Como os digo, creo que conocí Peñíscola de una manera más especial porque en los momentos en los que mis padres descansaban, yo me iba con mi cámara y mi soledad a descubrir lugares que de otra manera y gracias a la avería del coche ni siquiera hubiera sabido de su existencia.

Me di cuenta de la belleza de este sitio, de su sencillez y de su pureza, transmitida a través del blanco que predominaba como el color de las fachadas de casi todos los hogares.

Recorrí una y otra vez los mismos sitios pues no quería que se me escapara nada y cada vez que pasaba por una calle, plaza, parque... más de una vez, siempre había algún detalle que me había dejado sin fotografiar.

De las cosas más curiosas que hice fue ir a las siete de la mañana al gimnasio al aire libre que había instalado en la cala para posteriormente intentar realizar alguna foto de algún amanecer. No os voy a poder enseñar ningún amanecer porque ese día llovió justo durante las horas donde aparecen los primeros rayos de sol. Aún así, yo fui a hacer deporte.

Otra de las cosas que hice fue subir a las Atalayas, la zona más elevada de Peñíscola. La noche anterior, mis padres nos dijeron a mi hermana y a mi si queríamos subir hasta allí en el tren turístico. Al ver el precio, les dijimos que no ya que pensábamos que podríamos aprovechar ese mismo dinero para tomarnos uno o varios helados los cuatro o simplemente para dedicarlo a otra cosa.

Entonces, yo me decidí a subir solo y contárselo a la vuelta con mis fotos para ahorrarles esos 5,50€ que valía cada ticket.

Lo cierto es, que el momento que pasé desde que salí de casa hasta que volví a entrar (cómo no, para meterme en la piscina), fue muy especial. Fue una horita de caminata que para nada fue difícil o costosa.

Una vez arriba, las vistas eran preciosas pues un cielo muy negro y nuboso creaba un contraste de luces y sombras bajo la ciudad que luego podréis ver por vosotros mismos. Lo que más me impacto fueron las posibilidades que todavía había para que esa ciudad siguiera creciendo. Personalmente, no me gustaría que creciera.

Por último, otro de los días que mis padres estaban haciendo la cena, yo me escaqueé para visitar el Castillo del Papa Luna. Pagué mi entrada, la más barata y que no cubría la visita guiada. No obstante, en un momento mientras visitaba una de las salas, me vi envuelto de un grupo de personas acompañadas por una guía que explicaba muy muy bien las cosas. Así que, como yo no tenía ni idea de lo que veía y allí no había control ninguno de las personas que seguían o no a la guía, pues me ajunté y disfruté y aprendí muchísimo.

El resto del tiempo, o lo pasaba en la piscina con Marcos, Isabel e Inés,los hijos de Manu y Olga, la pareja de Teruel y con José,el hijo de Ana, o con mis padres paseando o...robando Wifi! De esta manera pude, dentro de lo que cabe y de lo que yo quise, estar en contacto con Miriam y con la gente a la que tenía algo que decirle. 

Otra de las cosas más especiales que hice, pero esta con mi familia, fue ir a comer fuera uno de los días, a un restaurante. Yo que estaba encaprichado con comer paella, arroz caldoso o cualquier cosa pero que tuviera arroz, pedí para compartir con mi padre un arroz caldoso con bogavante en el restaurante HAMAIKA, el cual si algún día vais, os recomiendo. Mi hermana y mi madre pidieron un menú del día.

Nuestra sorpresa llego, cuando llega el camarero con un cuenco (ya que al ser caldoso no nos lo sirvieron en una paella) para los dos. Comimos (dándoles a probar a mi madre y mi hermana) tres platos colmados cada uno. El bogavante era lo que destacaba la carta pero el arroz que estaba riquísimo tenía de todo: almejas, gambones, pulpitos...Total, ¡Una comida de diez!

Poco a poco, los días que íbamos tachando eran cada vez más y los que quedaban para disfrutar cada vez menos. La estancia allí cada vez era más agradable, el tiempo continuaba increíble aunque Ana decía que para ellos eso ya era "fresquito". Hicimos amistad con ellos y con Manu, Olga y sus hijos con los que la noche antes de irse , hicimos una cena que Olga preparó.

Antes de venirnos, le encargamos a Ana que nos trajera unas pastas típicas de allí que su propia familia preparaba en la panaderia Sorlí.También aprovechamos para comprar alguna cosita para las personas que habíamos dejado lejos y a las que queríamos volver a ver.

Así pues, llegó el día de irnos en un coche que no era nuestro y de una casa que por una semana sí que lo fue, o al menos así lo sentimos.

Hoy quiero seguir dándoles las gracias a Ana y a Paco por su ayuda y atención en todo momento y a sus padres por las pastas.

El título del post esta vez no es ninguna invención mía si no algo que vi escrito a modo de graffitti en el contenedor donde echaba la basura.

A continuación os dejo alguna de las muchísimas fotos que hice.

Nos vemos dentro de poco! :)


































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